Las sombras

Hay miedo a la sombra. Miedo a adentrarse en ellas, y para evitarla. Alzamos muros. Encendimos hogueras. Hicimos hachas. Nos escondimos en cuevas. Primero desconfiamos de la sombra. Después desconfiamos de los que vivían entre nosotros. Él es sombra. Decíamos. Ella es sombra. Afirmábamos. Unos se instauraron con túnicas y hablaron de luz. Mintieron a la luz y cebaron su odio contra los sombríos. Crearon fuego más allá de la sombra. Vivamos seguros. Sacrifiquemos libertad por seguridad. Salud. Miedo al dolor. Miedo a lo que esas sombras pudieran hacernos de daño. Apelaron a nuestras ganas de vivir sin sufrir. Nos vendieron pastillas. Nos vendieron maderos a los que arrodillarse. Reyes a los que respetar. Ellos son la luz. Ellos nos salvan del caos. De las sombras. Y nos hicieron seguir a Platón. Vimos en la luz la inteligencia. Fuimos engañados pensando que la luz era inteligencia. Que la paz era luz. Que la humanidad era luz. Que la luz era objeto de consumo. Que la luz era objeto de deseo. Que la luz era la felicidad. Las sombras eran objeto de culto. Objeto de desprecio. Esas sombras a las que nadie entendía, pero todos decían que era una cosa u otra. Civilización de una luz que rechaza la sombra. Cuando en realidad deberíamos habernos preguntado en un primer momento. ¿Qué hay tras esa tela negra? Y acto seguido dar el paso. Ver en oscuridad lo que también veremos en luz. Contemplar el escenario natural.

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